De vuelta a casa.




Hoy Señor hay emociones encontradas en mi interior, hay dudas sobre cómo será esta Semana Santa, hay miedo por lo que está ocurriendo, tristeza por la situación actual del mundo pero permanece la esperanza porque en esto sé también que no estamos solos, que no me has soltado. Constantemente a lo largo del día experimento pedacitos de inquietud, parece que no puedo estar aquí, quiero salir, quiero hacer, quiero decir, quiero “vivir” como acostumbro tantas veces, en lo de afuera solamente. 

Recuerdo entonces a San Ignacio y a otros tantos que frente a la adversidad han dado fruto; a cómo tuvo que permanecer en cama tanto tiempo mientras se recuperaba de esa bala de cañón que lo mantuvo inmóvil y así me siento, lo comprendo. Pero pienso también en cómo fueron esos días de inmovilidad los que le dieron una luz nueva a su caminar y le invitaron a tu encuentro, a profundizar en ti, a conocerte y fue ahí donde tuvo esa conversión que después lo transformó en un enamorado de la vida de Cristo, en un fiel imitador de las virtudes de los Santos, en un Santo en proceso que terminó siendo ese gran soldado de la fe. 

Resulta difícil quedarse en casa cuando no hemos aprendido a estar con nosotros mismos, lejos del ruido constante, del bullicio y del poder permanecer con la mirada en lo que más importa, en lo que tenemos más cerca pero a veces parece estar tan lejano. Y es que la batalla que libramos en esta ocasión no es como aquellas de las películas a las que estamos acostumbrados, es una batalla contra nuestro egoísmo, es una pelea que nos pide más amor, más empatía y más oración

San Josemaría Escrivá decía que “el mundo es de Dios pero Él lo alquila a los valientes”. Hoy es un buen día para atrevernos a decir gracias; gracias a quienes te acompañan física y espiritualmente, a quienes nos sostienen en medio de la incertidumbre pero también gracias a Dios por cada una de las cosas que permite y que nos están llevando a valorar mucho más la belleza de lo cotidiano, las oportunidades que nos da para seguir ejercitando la fe y el corazón en medio de aquellos lugares donde menos acostumbramos hacerlo. 
Porque nos recuerda que en medio de todo, el templo más bello seguimos siendo cada uno de nosotros y que si lo dejamos también Él quiere quedarse ahí dentro de nuestro corazón como su hogar, no sólo a lo largo de esta cuarentena sino permaneciendo para no irse. Nos invita a ser el sagrario por excelencia, que en nuestro hogar, en los medios y con quienes están cerca lo reflejemos a Él como ese amigo que se queda en la tribulación y al que tomar de la mano para caminar sobre las aguas. 
Vuelve al origen, vuelve a lo importante, regresa la mirada a Aquel que nos mira constantemente y más que nunca compartamos la alegría de ser católicos en un mundo que está pidiendo a gritos esperanza.



Comentarios