Llega el día
viernes y ponemos el pie de vuelta en el lugar de la cita con ese primer amor.
Ésta vez vengo dispuesto, ya anhelaba estar aquí. Cuando viví mi encuentro,
quedé impresionada con todas las caras sonrientes de los servidores en medio de
la apatía de los presentes. El testimonio que daban de hacer las cosas con ese
gozo y la alegría de ser católicos era tan grande que quería también poder yo
servir para experimentar a Jesús tan dentro de mí.
Hoy que
estoy aquí, ¿qué voy a hacer? Dios me convoca una vez más para ser su
colaborador. Parece que no tengo nada para darle, se fija en mí y me confía la
misión de servirle. ¡Qué grande Señor! ¡Qué maravilloso que Dios me quiera como
protagonista en Su plan de amor para llegar a más corazones!
No sé hasta
dónde seamos capaces de entregarnos, pero algo que en lo que he caído en cuenta
es que sus formas son siempre diversas y que se manifiesta de tantas maneras.
En nuestro
lugar, somos ese cartel que anuncia a Dios, en medio del sol, de la lluvia,
entre personas que pasan indiferentes sin voltear a ver, rodeados también de
quienes se acercan para criticar, para “graffitear” nuestro corazón. Este
trabajo no incluye horarios, Él no me pide una jornada solamente, quiero
entregarle mi vida para que me tome como lápiz, escoba, lámpara, y todo lo que
Él necesite. “El que es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho” (Lc
16,10). Empieza todo en donarme para esas tareas que parecieran
insignificantes, para merecer esas otras más grandes que Dios quiere también
confiarme.
Quien ha
servido en el encuentro QCN sabe que ser las manos de Cristo llega a poner a
prueba tus propias fuerzas y capacidades, que tal vez nunca pensé que estaría
en determinado ministerio, que en un momento de la jornada el sueño también
comienza a hacer de las suyas, nos duele el cuerpo de cargar cosas, estar mucho
tiempo de pie…pero cómo crece el corazón. Cómo podemos ver el rostro de Jesús
mismo en la cara de todos los que a lo largo de cada instante van dejando caer
los escudos para que sea Él quien les enamore más.
En ese
momento el cansancio no importa, mis límites ya no me detienen, el camino lo
recorro porque sé que ahí al lado están mis hermanos, los que también comparten
mis mismos retos y que deciden alabar como la mejor forma de cargar las
baterías del alma para iniciar de nuevo al comenzar el día poniéndolo todo en Sus manos.
Le agradezco
por poder compartir en Comunidad tantos retos y desafíos que me entrenan en la
entrega y amistad profunda hacia Él. Quiero hacer equipo siempre con Cristo
para así cambiar mi corazón por el Suyo, uno más cercano cada vez a la
santidad, gozoso y amable, generoso, que no se canse de dar.
Habiendo
regresado a casa, a mis actividades cotidianas después de un fin de semana en
el que tantos se atrevieron a hacer la prueba para conocer a Jesús puedo
decirle “te alabo, porque ha valido la pena confiar en ti, y porque sé que lo
que yo necesite para poder servirte siempre, Tú me lo vas a dar”. Y así, estoy deseosa por atender la siguiente
misión que Él pida, dejando que María, quien mejor entiende las palabras del
Líder y conoce Sus estrategias, nos lleve una y
otra vez a donde Él quiere.

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