Diariamente,
bastan dos minutos en las redes sociales o encendiendo el televisor para
escuchar que el mundo está de cabeza. Hay tantas cosas malas que pareciera que
las buenas no existen, son muchos los malos y pocos los héroes. A veces el
panorama nos hace entrar en duda, miedo, incertidumbre; ¿qué podríamos hacer
nosotros, qué puedo hacer yo para cambiar algo que parece más grande incluso de
lo que está a mi alcance?
¿Acaso no es
ya mi propia vida una forma por la cual los demás pueden conocer a Jesús y
hacer brillar la esperanza?
Si has
tenido un encuentro con Él, sabes que las vidas que Cristo toca no son iguales,
no hay forma de querer retomar el camino que recorríamos antes de que llegara a
nosotros para transformarlo todo, dejarlo ya no es opción. Incluso cuando
llegamos a tomar distancia, permanece esa necesidad de querer conservar al
Maestro y Su amor profundo, entonces volvemos la mirada a Dios. Vuelve también la alegría que caracteriza a los
cristianos.
Esas vidas
que han sabido responder a Su amor son las que veo en la Palabra, como parte de
la historia de salvación, o la vida de los santos, pero llegan a parecerme
lejanas, algo inalcanzable. Pienso, “Ellos tenían algo más, algo especial.” Veo
mis fallas, comparo mi propia historia.
Si tomo en
serio el llamado que se me ha hecho para vivir una vida de alabanza y
testimonio no tendré duda de que es Jesús quien habita en mi interior “No vivo
yo, es Cristo que vive en mi” (Gálatas 2,20), lo que hace de mi vida algo más
que la rutina. No voy solo, es el mismo que resucitó el que me acompaña.
Su Ascensión
me lo recuerda, Él vuelve a Su condición divina y nos deja a nosotros como
continuadores de Su misión. No puedo sentirme excluido, no puedo creer que
depende de los demás que aquellos que no saben de Dios le conozcan, que habrá
otra persona que hable, que yo puedo callar, que mis capacidades no alcanzan,
no son suficientes.
También yo
soy responsable, fui elegido por Jesús para recibir el Espíritu Santo y
anunciar las maravillas que hace en mí. Somos
débiles, pero Jesús ha creído en nuestras debilidades y las pule, solo me pide
que confíe en Él, que tenga paciencia. Que vea que la Santidad se consigue
todos los días y no es el final del camino.
No puedo
conformarme con ser “una persona buena” cuando mi meta va más allá, nuestro
llamado es el Cielo; no puedo sentirme cómodo con lo que hago si no lo incluye
a Él, ya no puede haber nada que no nos lleve a seguir deseando la presencia de
Jesús que hace arder nuestros corazones, como los discípulos de Emaús.
Atrévete a
ser cada día más parecido a Jesús. Nos acompaña María, ella que ha estado a Su
lado desde que era un pequeño lo conoce mejor que nadie y puede enseñarnos a
vivir con Él.
Nos pide que
estemos alegres, que los demás puedan darse cuenta de nuestra alegría porque Él
está cerca. Le creo y entonces me atrevo. Ya no voy a dar solamente lo que yo
tengo, sino lo que Sus dones hacen en mí.
Que el verte
a ti pueda ser la razón por la que una persona decida arriesgarse y vivir el
encuentro que transforma las vidas, así, también tú serás Palabra viva y
reflejo de Cristo.
-María José Alfaro

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