Mi camino en la fe me recuerda
mucho a cuando somos pequeños, aprendiendo a caminar. Un bebé que empieza a
descubrir el mundo y de repente se encuentra con cosas que antes no veía, su
panorama era limitado, solamente conocía lo que tenía cerquita pero conforme va
gateando y se mueve un poquito más lejos aparece algo distinto que quiere
explorar. De repente un día tomándose de la mano de mamá toma valor y da sus
primeros pasos, se sostiene de donde puede y comienza a mantenerse de pie.
También yo me he tomado de Jesús antes para pedirle que me guíe a donde Él sabe
que se encuentra la santidad, el amor, el gozo. Luego experimento tanta
seguridad que me atrevo a correr, me gana la prisa, no siempre me aseguro de
estar sosteniendo la mano que le da rumbo y firmeza a mis pasos y tropiezo. A
veces cuando caigo llega la duda sobre cómo levantarme de nuevo.
Jesús había estado con los apóstoles, lo
habían visto obrar, conocían cara a cara a Dios, les había hablado sobre la
resurrección. Aun así sintieron miedo durante la espera. Tenían urgencia por
confirmar que lo que Cristo había dicho era real y mientras, permanecían
escondidos.
Cuántas veces pasa lo mismo en mi corazón y
me oculto ante mis temores, detrás de mi inseguridad, de mi impaciencia para
dejar a Dios actuar. Quiero quedarme cerquita suyo porque sé que para amar
hasta el extremo lo necesito a Él, que si lo dejo, será Él quien moldeé mi
corazón, quien me restaure, me haga de nuevo como esa obra maestra que se
encuentra en trabajo de remodelación pero le pido que sea a mi modo, le doy
clases de felicidad a Aquel que es la felicidad misma.
Ya me ha dicho que como promesa tengo al
Espíritu Santo, que es Él quien soplará esa esperanza que mantendrá encendida
más allá de cualquier titubeo. Al enviárnoslo, enciende en nosotros el fuego
del amor. Derrama vida y nos empuja hacia delante, invitándonos a crecer y
llevándonos a buscar siempre más. Si bien nosotros somos los que caminamos, Él
es el que nos anima.
Quiero darlo todo, vivir con la certeza de
que Su presencia es lo que más necesito y así volver más y más constantemente a
pedirle que venga. A invitarlo a estar conmigo porque con Él veo siempre las
cosas de otra manera, ya no me parece que voy yo y que no sé ponerme de pie, sé
que está Su fuerza y es la que me levanta. Despierta en mí anhelos que no
reconocería si no fuera porque está Él aquí.
“No permitan que el mundo les haga creer que
es mejor caminar solos. ”
- Papa Francisco
Mi carisma QCN me invita a invocarlo siempre
para dejarlo actuar, desbordándome el corazón con alegría y vida. Ser tierra
fértil para lo que el Espíritu quiere sembrar en mí.
Quiero ser amiga del Amor. Saber que la
invitación también implica vivir en misión todos los días, no siempre sé hacerlo,
sin embargo: Él me dará fuerzas, Él lo hará todo, si yo quiero, si lo dejo.
Gracias Señor. Porque llevaste a un nuevo y
maravilloso nivel el don de la amistad. Al regalarnos tu Espíritu, te nos
volviste a dar tú mismo en intimidad, te entregaste una vez más, vives
donándote. Gracias, por confiarnos Tu vida. Llévanos a buen puerto, queremos
seguirte y hoy sabemos que es posible. Regálanos este corazón dispuesto para
poder subir a la barca, y navegar mar adentro, seguros de que si te entregamos
el timón, llegaremos a un puerto siempre seguro CONTIGO en la eternidad.

Comentarios
Publicar un comentario