Tantas veces en mi caminar en la fe me encuentro pidiéndole a Jesús
que me permita dar más, que me enseñe a entregar todo, que ponga frente a mi un
camino que me lleve a decirle como Pedro que estoy dispuesta también a seguirle
hasta la muerte. Resulta que cuando no aparece la señal que espero pienso que aún
no me está pidiendo nada particular.
Pero llegan entonces dentro de mi día a día tantos llamados a la
santidad que no puedo dudar de que estén ya siendo una respuesta a lo que le he
pedido. Ahí en la escuela, en donde no
cabe pronunciar el nombre de Dios sin que ataquen mi fe y el amor que tengo por
Cristo y por María, donde piensan que es tonto creer en Él; en mi trabajo
cuando escucho pláticas tan vacías y llenas de sinsentido, cuando me ven como
bicho raro por tener un crucifijo en mi escritorio. También en las redes
sociales, en esos comentarios de mofa y sarcasmo para ofender a Dios, a la
Iglesia, al catolicismo. Con mi familia
y amigos en el “pasas mucho tiempo en la iglesia”.
Más de una vez me he quedado sin palabras, sin saber qué hacer o
cómo actuar, pero ahí ha estado el error, en una batalla que he querido luchar
yo y no dejar que sea el Espíritu Santo quien actúe en mi lugar. Es sencillo reaccionar
de forma instantánea movidos solamente por las emociones, pero Jesús dijo a sus
discípulos: “Si el mundo los odia, sepan que me han odiado a mí antes que a
ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero el mundo
los odia porque no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado.” Jn 15,
18-19.
Dios ya nos separó, ya nos eligió a ti y a mí para no dejarnos anestesiar
el corazón con lo que el mundo ofrece, para aprovechar las ocasiones que se
presentan cada día para realizar las acciones ordinarias de manera
extraordinaria. Ese “extra” está en saber poner amor donde no lo hay.
Donde más me cuesta permanecer, mantenerme firme de la mano de
Jesús y en comunidad.
Feliz tú, joven, si eres capaz de ir contracorriente, de
estar junto al hermano, de dar la cara por Cristo y su Iglesia, sin miedo al
qué dirán. ¡Alégrate! porque serás testigo de Jesús.
Es aquí donde está una oportunidad maravillosa de alcanzar la santidad
sabiendo que Jesús me ha llamado amigo y ya no puedo conformarme sólo con ser
un espectador, sino vivir la vida diaria con una gran misión.
El Papa Francisco nos dice: “Jesús nos invita a ser sus
amigos. Si nos abrimos a esta oportunidad nuestra fragilidad no va a disminuir.
Las circunstancias en las que vivimos no cambiarán de inmediato. Sin embargo,
podremos mirar la realidad de una manera nueva, podremos vivir con renovada
pasión los desafíos.”
Tal vez no es sencillo crear y difundir un sistema de vida en el
amor, frente a la indiferencia y la crítica destructiva pero nosotros somos sal
de la tierra para comunicar un entusiasmo por la vida con Dios y del mismo modo
estamos llamados a ser puentes entre Jesús y el mundo.
Confía en los dones que ha derramado en ti el Señor. Recuerda que
sólo un poco de sal hace gran diferencia para dar sabor a lo que no lo tiene.

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